Una pareja de Nueva Jersey casada por más de 62 años murió con horas de diferencia de covid-19, solo dos días después de que su hijo también muriera por el coronavirus.
Victoria Freda, de 83 años, y su esposo, Lawrence Freda Jr., de 85, murieron el 24 de abril, según sus obituarios en línea. Su hijo, John Freda, murió el 22 de abril a la edad de 51 años.
El gobernador Phil Murphy señaló sus muertes en una conferencia de prensa sobre el coronavirus el miércoles, calificándola de "una historia extraordinariamente trágica".
"Tres almas tremendas y amorosas de la misma familia, todas fueron tomadas en un lapso de 48 horas", dijo. "Por ellos y por todos, debemos hacer todo lo posible para frenar la propagación de este virus y salvar vidas".
El obituario de Victoria dice: "Estuvo casada con su esposo, Lawrence, Jr. durante más de 62 años hasta que fallecieron el mismo día. Tanto en la muerte como en la vida, eran inseparables".
La pareja nació en Newark, Nueva Jersey, y tuvo tres hijos, incluido John.
Victoria, conocida como Vicki, vivió durante 58 años en Fairfield, a unas 25 millas al oeste de la ciudad de Nueva York. Ella "era conocida y amada en toda el área y más allá por ser ingeniosa y social", según su obituario.
Trabajó en el edificio municipal del municipio y también como secretaria ejecutiva del alcalde hasta su jubilación en 2007. Sus pasatiempos incluían hacer disfraces de Halloween y proyectos de arte para su familia y amigos.
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Victoria también fue una abuela devota que nunca se perdió uno de los eventos deportivos de sus nietos, sin importar el clima, dice el obituario.
"Ella era más que una cara familiar entre la multitud, y la abuela que todos querían llamar suya", se lee.
Lawrence, conocido como Larry, sirvió en el ejército y estuvo destinado en Europa, escribió su familia en su obituario. Trabajó para una cervecería en Newark durante más de 24 años y como conserje en una escuela secundaria en North Caldwell.
Los miembros de la familia lo recordaban como un "esposo devoto y amoroso de su esposa Victoria" que era conocido por su "ingenio rápido, sentido del humor mordaz y su habilidad dada por Dios para hacer que la gente se sienta segura y protegida".
El gobernador Murphy, quien dijo que había hablado con la familia, afirmó que John fue descrito como alguien "divertido, reflexivo, inteligente [e] introspectivo".
A Victoria y Lawrence les sobreviven dos hijos, seis nietos y muchos otros miembros de la familia. A John le sobreviven sus tres hijos y varios otros miembros de la familia.
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Mientras el coronavirus se abre paso en la vida de los mexicanos, la Santa Muerte recibió esta semana a sus fieles en su altar de Tepito, un popular barrio en el centro de Ciudad de México, con la puntualidad de cada primero de mes.
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Esta figura popular, no adscrita a religión alguna, aguarda desde el porche de casa de Enriqueta a los que la veneran y le piden, que hoy tres veces menos de los habituales, "por cuestión de la enfermedad", según contó a Efe la dueña del altar de la Santa Muerte en el conocido popularmente como el 'barrio bravo' de Tepito.
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"Espero en Dios que vengan a pedirle que no se enfermen, que a sus hijos y a sus nietos no llegue la enfermedad. Si llegase a existir, que no nos llegue. Que nos cuide la Santa Muerte", recalcó Enriqueta mientras a su alrededor desfilan los fieles, dirigidos por un señor que viste una camiseta de fútbol y pantalones cortos.
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Más allá del porche, en una calle que comprende dos cuadras, varias familias formaron un pasillo en la carretera con ofrendas varias. Había figuritas, dulces, puros y hasta licores sobre las mantas de los vecinos. La mayoría a pie y alguno de rodillas, pero todos los fieles circulaban por ese corredor hacia la vera de la Santa Muerte. Eder, preocupado por el coronavirus, explicó que esta mística figura le ha ayudado con los "problemas de salud de un sobrino" y con "cosas personales, legales" con las que ha tenido que lidiar.
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"Estoy preocupado, pero no creo que por el coronavirus vaya a tener más trabajo. No depende de ella", dijo a través del cubrebocas este fiel, que atiende a Efe y hace esfuerzos por sostener recta la gran figura de la Santa Muerte que carga en su mochila. Antes de irse, Eder confirmó que el pasado miércoles había "mucha menos gente" de lo habitual, por lo que pidió a la Santa "como siempre y también por lo del coronavirus".
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La música resonó en todos los rincones de esta calle de este barrio de la capital, y se mezcló con escenas propias de la adoración de cada primero de mes.
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Por cada fiel que pasaba portando una figura, un colgante, o cualquier cosa de la Santa Muerte, otro se le acercaba y rocía el objeto con tequila o algún licor que tenga a mano, o con humo de puro o de un cigarrillo verde (marihuana). No se intercambiaron las palabras; simplemente ocurrió como un acto de unión natural. "Es un poder superior", aseguró Isabel nada más salir del altar, confiada en que la Santa Muerte va a ayudar a resolver la pandemia de covid-19.
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"Siempre le pido a la Santa por mi familia, por mis seres queridos. Lo que le he pedido siempre me lo ha cumplido", revela a Efe tras aclarar que la menor afluencia de gente se debe a la hora de la visita, porque por la tarde siempre hay más personas.
Isabel, que no cree que el virus vaya impedir a los fieles ir a pedir y rendir tributo, zanja el debate con un argumento contundente: "Primero para nosotros siempre han sido las creencias".
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Quizás para los fieles sea válida la duda de Enriqueta, la guardiana de la Santa Muerte de Tepito, de si existe o no existe esta pandemia venida de China y extendida en el mundo.
Lo que es seguro, según sus cánticos, para quienes llenaron durante el día la calle Alfarería en el barrio de Tepito, en Ciudad de México, es que "¡se ve, se siente, la Santa está presente!".
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Pero la tradición mexicana de venerar a la Santa Muerte no es la única que se ha mantenido estos días de coronavirus. Algunos mexicanos han acudido a santeros o centros esotéricos.
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La bruja Karina (en la foto), que despacha para todo tipo de males en su puesto del mercado de Sonora de Ciudad de México, aseguró que "mucha gente" ha acudido a su consulta del mercado buscando una cura para lo que nadie tiene cura. Ni ella tiene la respuesta contra el covid-19 a,unque le gustaría.
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Se conforma con decir a sus clientes que "la fe mueve montañas" y que pidan ayuda "a Dios, a los santos y a los muertos" por todos aquellos "que han muerto, por los que van a morir y por los infectados".
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La fe de la que habla Karina, aunque no se ejerce en una iglesia, responde a la misma necesidad humana de "generar ritos, rituales, conductas y actos para encontrar un cierto orden en el mundo", según explicó a Efe Ricardo Trujillo, profesor de la facultad de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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Trujillo cuenta que eso es una necesidad de todos los pueblos, y que en América Latina, México incluido, la forma de expresarla tiene visos más exóticos por sus características culturales, aunque no responde de manera frontal al manido dogma del 'México mágico' con el que se suele despachar la espiritualidad de su pueblo.
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